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miércoles, 2 de marzo de 2011

VIAJE A INDONESIA, DÍA 9: UBUD, BALI

Ubud, 24 de octubre de 2010.

Esa mañana me despertó el olor a incienso. Eran las 7.30 am y las empleadas del hotel estaban haciendo las ofrendas a los espíritus, consistentes en cestitos de bambú con flores frescas de colores, algo de comida e incienso. El desayuno era tan completo que tuve que preguntar si realmente estaba incluido en los escasos 20 euros que nos costaba la habitación por noche y, mientras degustábamos nuestro desayuno, contemplamos cómo el vecino trabajaba en su pequeño campo de arroz.

Ofrenda y uno de los altares del hotel

Ese día nos lo tomamos con calma y lo dedicamos a explorar Ubud, un pequeño pueblo repleto de pintores y escultores (y ahora también de restaurantes y hoteles bastante fashions). Ubud fue fundada por un sacerdote hinduista que vino de Java para predicar su fe. Tras un intento fallido y pedir permiso a los dioses, se estableció en la confluencia de dos ríos, donde notó que se acumulaba mucha energía mística y crecían muchas plantas curativas, razón por la cual nombró al asentamiento Ubud (lugar de curación).

Desayuno de los campeones Entrada al hotel
En 1987, Ubud no era más que algunas casas, un par de templos y muchos campos de arroz. Hoy en día es un pueblo lleno de restaurantes «fashion», centros de meditación y yoga, de masajes, de tiendecitas monas y de pequeños hoteles. También es el principal centro cultural de Bali debido a sus museos, galerías de arte y a los numerosos espectáculos de danza tradicional que ofrece. Además, al estar situado prácticamente en el centro de la isla, es ideal como punto de partida de excursiones. Práctica de danzas balinesas

A escasos metros del hotel está el café-museo ARMA y pagamos la entrada porque el domingo por la mañana se puede ver a los niños haciendo clases de música y danza tradicional. El museo contiene obras de arte balinés y contemporáneo y allí pudimos ver a un artista que hacía grabados en finas láminas de bambú. Algunas láminas representaban la historia del Ramayana y otras eran del horóscopo balinés, y el artista no trabajaba más de cinco horas al día para no lastimarse la vista.

Museo ARMA

Al salir del museo, seguimos por Pengosekan road hacia el Monkey Forest. Fuimos viendo las decoradas entradas de las casas y los campos de arroz colindantes. Hacía mucho calor, apenas eran las once de la mañana y ya estábamos sudando de lo lindo, así que paramos a tomar un zumo en un bar. Tras reponer líquidos, seguimos hasta llegar al Monkey Forest, que es un santuario que alberga cientos de monos en un paraje de película de Indiana Jones. Hay monos por todos lados, unos purgando al vecino, otros dando de amamantar a sus crías, algunos discutiendo y todos a la caza de cualquier tipo de comida, aunque tenga envoltorio.

Monkey Forest

De hecho, se les puede dar comida, pero es aconsejable hacerlo con algún cuidador al lado ya que son un tanto impredecibles y nunca se sabe cómo pueden reaccionar. También hay que ir con cuidado, porque si te descuidas te abren la mochila en busca de comida los muy glotones.

Monkey Forest

Al salir del Monkey Forest, seguimos en dirección a la oficina de turismo, pero hacía tanta calor que lo único que teníamos ganas era de volver lo más rápido posible al hotel para darnos un baño en la piscina, así que le preguntamos a un taxista qué nos cobraba por llevarnos al hotel. Este intentó que le contratáramos todo el día para una excursión por 400.000 rupias, pero yo sabía que Sele había hecho la misma ruta en julio por 250.000 rupias, aunque no hubo manera de bajar de 350.000.

¡A robar carteras, que no hay pasta pa comer!
Tras refrescarnos en la piscina, se me encendió la bombilla: en Bali todo el mundo va en moto o bicicleta, así que podíamos alquilar un vehículo para movernos por allí y así evitar morirnos de calor. La bicicleta quedó descartada por el calor que hacía, así que pregunté a la encargada del hotel cuánto nos costaría alquilar una moto para esa tarde. Alquilar una moto un día entero en el hotel costaba 50.000 rupias y por medio día al final nos lo dejaron por 35.000 rupias (seguramente fuera nos hubiera salido más barato, pero preferí hacerlo en el hotel porque sabía que ellos no me vendrían con minucias para cobrarme de más).

Una pequeña aclaración: nunca había conducido una moto antes. Bueno, en el pueblo cuando tenía 16 años, los amigos alguna vez me habían dejado dar alguna vuelta corta, pero como mi madre me lo tenía estrictamente prohibido (mi tío murió en un accidente de moto) al final decidí decantarme por el uso diario de la bicicleta, pero de motos ná de ná. Y ahora estaréis pensando: esta tía está como una cabra. Pues sí, lo estoy, pero pensé que no sería tan difícil cuando todo el mundo lo hacía.

La moto
Tras unas clases básicas de encendido y apagado de la moto, ante el escepticismo del chico de la agencia de alquiler y de la responsable del hotel, me dispuse a probar mis habilidades en solitario antes de llevar a mi compañero de paquete. Lo más complicado era controlar la moto al arrancar, pero una vez en marcha no era tan difícil. Sate de pescado y sopa de fideos

Una vez en la moto, fuimos hasta el palacio de Ubud y buscamos un sitio donde comer. Al final, entramos en el Café Eclipse que, para estar en el centro, fue uno de los sitios más baratos y con buena calidad en los que comimos.

Fuimos al palacio de Ubud, del cual solo se pueden visitar dos pequeñas zonas porque la familia real aún vive allí y, mientras andábamos por el recinto, se nos acercó un vigilante y nos dijo que lo acompañáramos y nos metió en el jardín privado del rey. Nos dijo que a cambió de una pequeña donación (para sus bolsillos) nos daba una vuelta por una parte de acceso restringido del palacio. Lo cierto es que el tema monárquico me la repampimfla un rato largo, así que muy cortésmente rechazamos su invitación.

Seguimos para visitar los templos que hay cerca del palacio, pero nos encontramos con que estaban cerrados, así que fuimos a la oficina de información turística y preguntamos qué podíamos hacer esa tarde. Nos dijeron que si teníamos moto podíamos hacer una ruta que era exactamente la que el taxista nos había ofrecido hacer por 350.000 rupias y que, de hecho, es una ruta que todo el mundo hace cuando está en Ubud.

Tegallalang
Así que nos montamos en la moto y nos dirigimos a las terrazas de arroz de Tegallalang. Tardamos unos veinte minutos en llegar porque no estaban indicadas y paramos un par de veces a preguntar por miedo a habernos pasado de largo, pero, de hecho, se ven desde la carretera.

Las terrazas de Tegallalang son bastante pequeñas comparadas con otras que hay en Bali, pero igualmente son muy bonitas. En la época del año en que fuimos nosotros, nos las encontramos con el arroz a punto de ser cosechado, así que al verde de los brotes, se le tenía que sumar el dorado del arroz.


La excursión a Tegallalang fue una prueba y, como fue tan satisfactoria, decidimos hacer al día siguiente una excursión de día entero con la moto.


Datos de interés:
Hotel Kebun Indah. Habitación Kodok 259.000 rupias (21€), incluye desayuno.Museo Arma: 40.000 rupias (3,35€).Monkey Forest: 20.000 rupias (1,67€).Alquiler moto un día: 50.000 rupias (4,17€), medio día: 35.000 rupias (3€).Café Eclipse. Jalan Suweta, delante del palacio. Sopa de fideos: 15.000 rupias (1,25€), sate de pescado: 15.000 rupias (1,25€), arroz frito especial: 22.000 rupias (1,83€).

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VIAJE A INDONESIA, DÍA 8: KAWAH IJEN Y LLEGADA A BALI

Meseta de Ijen, 23 de octubre de 2010.

3.30 am. Sobre la mesa del restaurante nos encontramos un sándwich de contenido incierto envuelto en papel de film y un huevo duro para desayunar. Luego metimos las maletas en la furgoneta y a las cuatro de la mañana nos pusimos en marcha. Tras una hora por un tortuoso y oscuro camino, llegamos a la falda del volcán Kawah Ijen. Desde ese punto nos esperaban 3.000 metros de ascensión, unos 45 minutos para piernas rápidas y casi el doble para mí. Empieza el camino al Ijen


Al principio, el camino es llano, pero en el punto de los 700 metros empieza una subida que a mí se me hizo eterna. Mientras subía como buenamente podía, porteadores de azufre pasaban a toda pastilla, se paraban a mi altura para ofrecerse que le hicieras fotos a cambio de unas rupias y seguían a todo tren hacia arriba o hacia abajo si ya venían cargados de azufre. Desalentador.



En el punto de los 2.000 metros, había una especie de estación donde los mineros pesaban las cestas con el azufre que habían sacado del volcán: entre 60 y 80 kilos por viaje. La estación en sí parecía salida del «far-west», solo que en lugar de oro, estaba llena de azufre.



A partir de ese punto, el camino se vuelve llano y fue entonces cuando se me acercó un chico que iba con una cesta vacía y empezó a hablarme muy alegremente. Los dos tuvimos una conversación de lo más animada, lástima que él no entendiera ni papa de lo que le dije y que yo le correspondiera de la misma manera, pero parece ser que en uno de nuestros intercambios verbales, le dije que iría con él hasta el cráter sin saberlo, y cuando llegamos a la boca del cráter, me hizo gestos para que le siguiera y, aunque me planteé quedarme allí debido a lo complicado del descenso, pensé: «estos hombres lo hacen cargados con 80 kilos y llevando chanclas, ¿cómo no voy a ser yo capaz de bajar con todo lo equipada que voy?». Así que para abajo que fui.


El descenso al fondo del cráter es complicado y los propios mineros han creado una especie de escalera a base de pequeñas rocas que habían sido colocadas estratégicamente para facilitar su ascenso cargados. Poco a poco, fui bajando con la ayuda de mi guía extraoficial, que me iba diciendo dónde tenía que poner el pie, dónde agarrarme, cuándo parar y cuándo apartarme para no molestar a ningún minero que subía cargadito hasta arriba.


Tras unos quince minutos, conseguí llegar hasta el fondo del cráter. El agua azul turquesa del lago que hay en el fondo apenas se podía entrever a causa de la nube tóxica que emanaba del volcán. A pesar de que el guía me propuso bajar hasta el agua, rechacé la invitación. A esas alturas, la ración de temeridad ya había llegado a su límite máximo y, mientras pensaba eso, el viento cambió de dirección y me trajo una nube tóxica que me envolvió en cuestión de segundos. Rápidamente me giré y me tapé la boca y la nariz con una mascarilla que me había llevado por si las moscas. Aun así, las pocas partículas de azufre que respiré empezaron a quemarme por dentro y no paré de toser en un buen rato.



Desde luego que no sé cómo los mineros pueden aguantar en unas condiciones como esas, no solamente respirando veneno puro, sino, además, cargando con kilos y kilos de azufre montaña arriba y montaña abajo varias veces al día. Ese día fue duro, tanto físicamente como emocionalmente.



Le dije a «Ferguson» (véase la nota de la autora al final) que me volvía para arriba, ya que mi compañero no había bajado y empezaba a estar un poco inquieto, y me acompañó hasta que me dejó sana y salva en la boca del volcán. De repente, todas las sonrisas y amabilidades que me había prestado durante todo el trayecto se transformaron en una cara seria y ásperamente me espetó: «¡rupias!», y ahí es donde nuestra relación platónica acabó. Obviamente, sabía que no me estaba brindando todas aquellas atenciones por mi fabuloso don de gentes y mi belleza sin parangón y ya tenía previsto compensarle económicamente por sus servicios, pero vaya, me pareció que no tenía que haberse puesto así de borde. Le di las rupias y me enfrenté a bajar la montaña con unas piernas un poco doloridas.



Lo mejor de todo (léase como ironía) es que en ese momento me enteré de que estaba TOTALMENTE PROHIBIDO BAJAR AL FONDO DEL VOLCÁN. No queráis saber la cara que se me quedó cuando vi el cartel. De verdad de la buena que no lo sabía, no vi el cartel donde lo ponía, ni al inicio de la ascensión ni al llegar al cráter, porque de ser así, NO hubiera bajado. Se ve que hace un tiempo, se murió un turista francés y por eso está prohibido, aparte de que el descenso masivo de visitantes podría causar accidentes y entorpecer y dificultar el trabajo de los mineros. Eso no quita que estos últimos no dejen de decirte que los acompañes para sacarse un sobresueldo. Aun así, no está justificado.



Tuvimos suerte de haber llegado pronto al volcán, porque, justo cuando empezamos el descenso, el tiempo cambió y se empezó todo a cubrir de niebla y a hacer frío. Mientras bajábamos (o, mejor dicho, íbamos frenando para no darnos un mamporro contra el suelo o bajar la montaña rodando), nos cruzamos con una señora mayor que subía poco a poco ayudada de dos palos de senderismo y no tuvimos más remedio que pararnos para felicitarla y decirle que era nuestra «heroína». La mujer nos dijo que era una «old lady» (¿no me diga?), que tenía 76 años, como excusándose de ir subiendo tan lenta, pero ya me gustaría estar subiendo volcanes a su edad.



Al llegar al pie del volcán, desayunamos unas galletas y el sándwich de contenido incierto que resultó ser de mantequilla, mermelada de naranja y virutas de chocolate, ya que los platos que servían en el pequeño restaurante tenían pinta de estar buenos, pero la vajilla creo que no se había lavado en un lustro (yo y mi nueva política de precaución alimentodigestiva).

A las 9.30 am pusimos rumbo al puerto de Ketapang, de donde salen los ferrys que llevan a Bali. Al ser de día, vimos las penosas condiciones de la carretera, que en unos cuantos tramos tenía pedruscos en lugar de tierra. Estaba tan mal la cosa, que tuvimos que bajar todos de la furgoneta tres veces para que pudiera pasar por algunos baches. A medio camino, paramos en una plantación de café y lo siguiente que recuerdo es al conductor despertando a todos los ocupantes de la furgoneta porque acabábamos de llegar al puerto de Ketapang a las 11 am.



Al salir de la furgoneta, volvimos al calor y al bochorno que hacía dos días que no vivíamos. Nos unimos a Colleen y a Hideki para embarcarnos en el ferry lo antes posible. Hay ferrys cada media hora durante las 24 horas del día que conectan Java con Bali y el trayecto no llega a los 40 minutos. El ferry era un poco cutre e incluía una especie de escenario con teles donde había música como si fuera un karaoke. Como hacía mucho calor, subí a la cubierta a despedirme de Java. Selamat tinggal Java!

Selamat datang Bali! Tengo que admitir que la primera impresión que tuve de Bali fue bastante decepcionante. No sé por qué, me esperaba a un puñado de bailarinas balinesas dándome la bienvenida y, en lugar de eso, recibimos las atenciones de varios taxistas o intermediarios sudorosos. Las conexiones de transporte público en Bali son casi inexistentes. Nosotros íbamos a Ubud, en el centro de la isla, y para llegar allí o pagábamos a un taxista 500.000 rupias (42€, no hubo manera de bajar el precio) o íbamos en bus hasta Denpasar y allí cogíamos otro bus hasta Ubud (para más INRI, en otra estación diferente en Denpasar).



Al final, por no pagar las 500.000 rupias, acabamos en un minibús roñoso que iba a la velocidad del rayo (léase con ironía, claro), y lo que en teoría tenía que ser un trayecto de dos horas, acabó siendo una tortura de cuatro, ya que, aparte de las infinitas paradas que hizo, nos acompañó durante casi todo el trayecto tal tromba de agua que el conductor apenas veía nada. Así que, cuando finalmente llegamos a la «estación» de Ubung en Denpasar (que era inexistente, ya que paró en medio de la calle) decidimos hacer el resto del camino (1 hora) en taxi por 200.000 rupias.



De camino a Ubud siguió lloviendo con mucha intensidad, tanta, que inundó varias carreteras y tuvimos que virar y buscar vías alternativas dos veces, y mientras íbamos pensaba: «por favor, por favor, que Ubud y Bali no me decepcionen, porque si me gusta, aunque sea un poquito, de aquí ya no me muevo».



El taxi paró en una calle donde había una pequeña tienda con sala de masajes con el mismo nombre que nuestro hotel, nos refugiamos allí de la lluvia y, en unos minutos, vinieron dos empleados para cargar nuestra maletas y llevarnos a la recepción, que estaba a unos 30 metros siguiendo una calle lateral de la tienda, que bordeaba un arrozal.



El hotel Kebuh Indah es un pequeño hotel con varias habitaciones independientes en varios módulos. Las hay de varios precios, desde 60$ la más cara, hasta los 25$ que pagamos nosotros por la más barata. Al llegar, nos acompañaron a nuestra habitación, que era simplemente espectacular: cama de teca con mosquitera, baño con bañera y ducha con el techo al aire libre. Afuera, en la puerta de la habitación, teníamos incienso encendido para que no entraran los mosquitos y dos zumos de papaya y plátano esperándonos en la mesa dándonos la bienvenida. Ahí es donde me conquistaron. Tanto fue así, que al final decidimos pasar allí los seis días que nos quedaban del viaje. Lo malo de esta decisión fue que tuvimos que renunciar ir a Lombok y a las Gilis, pero pensamos que el gasto y las horas que tardaríamos en llegar para solo estar en Lombok dos noches no valían la pena. Además, tengo que admitir que llegué a Bali destrozada, no solamente por el cansancio acumulado durante la semana anterior en Java, sino más bien por todo el cansancio acumulado en mi trabajo en los dos últimos meses, y necesitaba DESCANSAR.



Luego fuimos a la búsqueda de un restaurante para comer/cenar. Lo primero que nos llamó la atención fue que los precios eran un poco más caros que en Java. No andamos mucho y entramos en un restaurante un poco pijín (ya que no me dejaron ni ponerme la servilleta yo misma) en el que los camareros iban con el traje tradicional balinés. Me pedí un sate (pincho de carne) con salsa de cacahuete, que me trajeron en un recipiente con brasa donde se acabó de cocinar y tras los días vividos en Bali, ese sate fue sin duda el mejor que comí en todo el viaje. A las ocho nos fuimos a la cama y dormimos y dormimos como hacía días que no lo hacíamos. Bali Nota de la autora: «Ferguson» en honor a Mark Twain, que en su libro Guía para viajeros inocentes siempre llama a los guías con este nombre. Que conste que en ningún momento lo hago con desprecio.



A tener en cuenta:
En Bali es una hora más que en Java.Datos de interés:
Tour Pananjakan – Bromo – Ijen - puerto de Ketapang (para ir a Bali) (3d/2n): 585.000 rupias (48€). El tour incluye hoteles, transporte y el jeep para subir a ver el amanecer desde el monte Pananjakan. Aparte, hay que pagar las comidas y la entrada al Bromo (25.000 rupias/2€) y al Ijen (30.000 rupias/2,5€). Lo contratamos en la agencia Losari que estaba al lado del hotel Duta Guest House y donde nos atendieron unas chicas muy simpáticas. También es posible ir de Cemoro Lanwang al Bromo caminando y ver el amanecer en el monte Bromo. Hay unos 30 minutos andando y el camino hace bajada. Lo positivo es que lo ves solo; lo negativo es que no ves la panorámica del Bromo.Entrada al Kawah Ijen: 30.000 rupias (2,5€) + 20.000 rupias (1,67€) de la cámara.Ferry de Ketapang a Bali: 5.700 rupias (0,47€). Funcionan las 24 horas del día y sale uno cada 30-40 minutos.Minibus de Gilimanduk a Denpasar: 25.000 rupias (2€). Salen minibuses con bastante frecuencia. La parada está fuera del puerto cruzando la carretera. Tardamos 4 horas en hacer el trayecto.Taxi de Denpasar a Ubud: 200.000 rupias (16,7€). Tardamos una hora en llegar.Hotel Kebun Indah. Habitación Kodok 259.000 rupias (21€), incluye desayuno.Restaurante Paras Bali. Jalan Raya Pengosekan, cerca del hotel. Filete de atún: 63.250 rupias (5,3€), sate de ternera: 40.825 rupias (3,4€).

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martes, 1 de marzo de 2011

VIAJE A INDONESIA, DÍA 12: SINGARAJA, GITGIT Y JATILUWIH

Singaraja, 27 de octubre de 2010

A pesar de que nos embadurnamos con Relec extrafuerte antes de ir a dormir, aquella noche los mosquitos nos habían acribillado igualmente. Mientras desayunábamos, le preguntamos al propietario si se podía hacer snorkel cerca. Nos comentó que los pescadores te adentraban en el mar unos cientos de metros y allí se podía ver alguna estrella de mar y algún pez, pero nada extraordinario. Lo cierto es que no nos los vendió muy bien, pero aun así, decidimos probar para al menos poder bañarnos en aguas un tanto cristalinas.



El desayuno no estaba incluido.

Después de desayunar, hablamos con los pescadores que estaban allí mismo y acordamos una excursión de un par de horas. Por 75.000 rupias por persona nos llevaron mar adentro y nos facilitaron el material de snorkel. Mientras íbamos navegando, poco a poco el agua marrón se iba transformando en agua cristalina.


En busca de aguas cristalinas
Finalmente, decidí no hacer snorkel porque me había olvidado las lentillas y sin gafas no veo nada, así que mi compañero se tiró al agua y yo me quedé con el barquero, y en esas que el hombre se empieza a desnudar ante mi atónita mirada y cuando se quedó en ropa interior, también se tiró al agua. El barquero antes de que se desnudara.
Al principio, no entendí bien el propósito de esa jugada, pero cuando empezó a poner en la barca criaturas marinas lo entendí: si ella no puede ir al mar, que el mar vaya a ella. Lo que el barquero no contaba era con que yo no me sintiera cómoda mientras él de buena voluntad dañaba el ecosistema, así que, cuando sacó la segunda estrella de mar, le pedí que no tocara nada más, y devolví a su hábitat natural al pobre Patricio que se había quedado tieso a mi lado, seguramente del susto. ¡Patricio, nooooooooooo!
Como me quedé sola y hacía calorcillo, decidí tirarme al agua y al menos probar qué tal era eso de bañarse en el mar de Bali y lo cierto es que fue todo un gustazo, aguas cristalinas y nada frías, incluso sin gafas intuí algún pececillo de color y todo. Lo malo fue que al rato de estar allí se giró el tiempo y vimos que venía una tormenta con muy malas intenciones, así que volvimos a la barca y regresamos al hotel. Al poco de llegar, se puso a diluviar otra vez.


Estuvimos allí sin nada que hacer esperando a que llegara la una, hora en la que habíamos quedado con el conductor para que nos viniera a buscar y nos llevara de vuelta a Ubud. Lo bueno fue que el hombre se presentó una hora antes y así nos pudimos marchar de allí de una vez. Singaraja fue bastante decepcionante, la playa no es un lugar en el que poderse bañar, el hotel no era tampoco lo que esperábamos y con mal tiempo las actividades posibles en la zona se reducían a cero. Cascada de Gitgit

Para la vuelta a Ubud, decidimos hacer solo dos paradas en el camino. La primera, nuevamente en las cataratas Gitgit. Cuando llegamos allí no llovía, pero el cielo amenazaba con hacerlo, así que recorrimos los 800 metros que había entre el aparcamiento y la cascada lo más rápido posible. Por el camino te encuentras un montón de tiendas de recuerdos, lo que no dejó de sorprenderme porque realmente casi no había nadie visitando las cascadas. Lavabo inhóspito
El salto de agua de 40 metros es muy espectacular y está rodeado de naturaleza exuberante. No obstante, minutos antes de llegar allí empezó a llover un poco, así que tuvimos que dar media vuelta rápidamente antes de que se pusiera a diluviar de nuevo, cosa que hizo a los pocos segundos y nos tuvimos que acabar refugiando una tienda de recuerdos con su propietaria. Como no paraba de llover, acabé regateando con ella por un incienso. Lo malo es que la técnica de «si no me bajas el precio, me voy» no funcionaba porque sabía que no me iba ir con la que estaba cayendo. Por tanto, le acabé comprando el incienso por dos dólares, más por las molestias causadas que por otra cosa.


Jatiluwih

Cuando amainó un poco, volvimos al coche y fuimos a ver una de las maravillas de Bali: los arrozales de Jatiluwih. Desde que vi la foto, tenía muchas ganas de ir. Jatiluwih significa «realmente maravilloso» y entiendes por qué han sido reconocidos por la Unesco. Campos de arroz interminables a través de una carretera de 18 kilómetros. Miraras por donde miraras, seguían apareciendo más campos de arroz y en mi cabeza empezó a sonar la canción de los Beatles «Strawberry fields forever», pero en lugar de strawberries lo substituía por rice. Vale, sé que no rima igual, pero era lo que me venía a la cabeza. Jatiluwih

El coche paró a un lado de la carretera y empezamos a caminar entre los arrozales, adentrándonos en esa inmensidad verde. Subimos, bajamos, cruzamos regadíos, saludamos a una que otra vaca y anduvimos durante un buen rato. Jatiluwih

De vuelta en el coche, que estaba un poco lejos, paramos a comer en un warung (restaurante de barrio) nuevo bastante mono que tenía mesas con vistas a los arrozales. Nos recomendaron comer cualquier plato con arroz, ya que los preparaban con arroz rojo que se cultiva en Jatiluwih, y así lo hicimos. La comida estaba muy buena y nos permitió poder estar un buen rato contemplando el paisaje mientras comíamos.
A media tarde, volvimos al coche y pusimos rumbo a Ubud. Cuando llegamos al hotel, los empleados ya habían puesto nuestras maletas en nuestra habitación y nos habían preparado un zumo de papaya y banana con un trozo de pastel para merendar. ¡Cómo había echado de menos el Kebun Indah! ¡Cómo había echado de menos el hotel!
Cuando anochecía, fuimos hacia el centro para ver alguno de los muchos espectáculos de danzas tradicionales que ofrece el pueblo. En la oficina de turismo tienen folletos con todos los espectáculos que se hacen en Ubud, con precios y horarios. Nosotros queríamos ir al Palacio de Ubud a ver kecak, pero calculamos mal el tiempo y, como vimos que no llegábamos, entramos en otro templo que había a mitad de camino. Kecak
El kecak es una danza clásica y, teóricamente, está interpretada por cien bailarines y cantantes. La gracia de este espectáculo es que no hay instrumentos musicales y toda la música se hace con la voz y con palmadas, lo cual es bastante curioso.

Bailarinas de kecak

El espectáculo se dividía en tres partes: en la primera, un grupo de hombres (no eran cien por lo reducido del espacio) se sentaban en círculo en el suelo y cantaban y bailaban. En el centro, dos bailarinas representaban una parte de la leyenda del Ramayana. El ciervo dorado que la lía parda.

En la segunda parte, un grupo de mujeres se sentaban en el suelo y cantaban mientras dos niñas bailaban en estado de trance. Las dos bailaban miméticamente, haciendo coincidir todos sus movimientos pese a tener los ojos cerrados. Al finalizar la danza ritual, el pamangku o sacerdote reza y las bendice con agua sagrada.


Para finalizar, realizaron la danza Sanghyang Jaran, en la que ponen unas cáscaras de coco a arder en el suelo y un chico baila, otra vez en trance, con un traje de caballo. Lo más espectacular es cuando el chico empieza a pisar y a bailar sobre las brasas ardiendo.


Todo el espectáculo no duró más de una hora y media y, a pesar de no ser uno de los más reconocidos de Ubud, a mí me gustó mucho por la proximidad que había con los artistas y la poca gente que había en el templo, que hacía que todo fuera un poco más íntimo. Es lo bueno que tiene Ubud, es un pueblo donde se concentra toda la belleza y toda la cultura de la isla de Bali y para mí es un lugar imprescindible.

Datos de interés:
Snorkel con un barquero local: 75.000 rupias (6,25€) por persona.Taxi de Singaraja a Ubud parando en Gitgit y Jatiluwih: 350.000 rupias (29,30€).Entrada a la cascada de Gitgit: 5.000 rupias (0,40€).Entrada a los arrozales de Jatiluwih: 10.000 rupias (0,80€).Warung Dhea Jatiluwih. Nasi goreng Jatiluwih: 34.500 rupias (2,8€), mie kuah: 17.200 rupias (1,40€), cerveza: 18.400 rupias (1,55€).Kecak & fire dance. Templo Padang Tegal. Ubud: 75.000 rupias (6,25€).Hotel Kebun Indah. Habitación Kodok 259.000 rupias (21€), incluye desayuno.


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